Guardó su guitarra y sacó la bolsa de marihuana para hacerse otro porro. HabÃa menos gente en la calle y comenzaban a pasar los chavales con las bolsas de plástico para el botellón. Contó las monedas: 10 euros. SonreÃa mientras se levantaba y se dirigÃa al bareto de enfrente. Pronto apareció con dos cervezas bien frÃas. No pudo evitar la sonrisa de niño después de haber hecho una travesura. Y me contagiaba. Las birras estaban en su punto, con esa capa de vaho frÃo que deja la nevera. Qué gustazo era pasar los dedos por esa espesa niebla que barnizaba la botella. Se sentó a mi lado y me miró directamente a los ojos, firme pero respetuoso, sin miedos ni ñoñerÃas. Brindamos por el Amor, después por la Libertad y finalmente por la Música. Le encantaba John Lennon, no escatimaba en elogios hacia él cada vez que tenÃa oportunidad. La conversación era fluida, ninguno de los dos soltábamos parrafadas largas ni tenÃamos un tema central. Era un ir y venir hacia todos lados, acumulando complicidades. El mar fue una de las claves que le trajeron a Málaga. Le gustaba jugar a fútbol en la playa aunque en muy contadas ocasiones ha podido hacerlo porque reunir a un número aceptable de jugadores es bastante complicado. Nos reÃamos de Beckham y del Real Madrid. Levanté la cabeza al cielo por casualidad y una estrella fugaz se cruzó en mi mirada, se lo dije a Eric y pasó un buen rato intentando ver alguna, pero no aparecÃa y empezó a hablar a las estrellas. Al principio las animaba para que se movieran pero por último las insultaba por no ser fugazes. Le dije que también hay estrellas fugaces en las calles y que lo más probable es que las verÃa cuando menos se lo esperara, lo que pasa es que él mismo no sabÃa que eran estrellas fugaces. Un perro no sabe que es un perro hasta que se lo decimos. Pero Eric no quiso entender mi idea, decÃa que las cosas no son lo que uno quiere que sean, ni lo que la mayorÃa quieren que sean. Dijo que lo que es no necesita tener nombre y que él simplemente querÃa ver un trazo de luz en el cielo de la noche, se llame como se llame. Entonces le dije que ese mismo punto de luz que se mueve podrÃa ser un avión o cualquier otro invento humano que poco tuviera que ver con una estrella fugaz. Me pareció necesario nombrar y definir las cosas. Porque en definitiva las cosas son lo que nosotros sabemos que son y cuando reconocemos lo que tenemos en la cabeza, una especie de memoria histórica conceptual, con los indicios sensoriales del mundo establecemos lazos de unión. Y asà pasa la vida. Aunque a Eric no le gustó nada mi razonamiento. Me dijo que estaba muy contaminado, que deberÃa pasar al menos dos dÃas vomitando todo lo que me habÃan enseñado. Me dijo que una de las tácticas más usadas por Ellos es convencerte para que seas feliz, asà se ahorran mucho esfuerzo y dinero, es más fácil controlar a un obrero comprometido con su trabajo que a uno desmotivado. Me dijo que nadie tiene derecho a obligarme a buscar la felicidad. Que las prisas son un invento más de la sociedad de la información. Pero apenas escuchaba nada porque se me habÃa roto la boquilla del porro y estaba intentando arreglarla. No me apetecÃa pensar en la felicidad y menos con un canuto que no tiraba. Cogà la guitarra y toqué lo único que sabÃa, la Bamba. Son tres acordes: Do, Fa y Sol. Eric sacó tres bolas de malabares y empezó a moverlas al ritmo de mi torpe canción. Un grupo de chavalines dijeron algo mientras pasaban detrás de Eric y éste miraba concentrado el ir y venir de las bolitas en el aire. Una chica se acercó para pedirme un papel y se quedó un rato mirando al inglés que no quiso ser noble. Me acordé de las estrellas fugaces. Personas como Eric me hacen sentir tonto, felizmente tonto.
Capítulo 1
Encontré a Eric como quien tropieza con una piedra en mitad de la calle Larios. Sin darme cuenta llevaba ya más de diez minutos hablando con un Ãntimo desconocido. Una de esas perlas que te encuentras de vez en cuando por la vida. Tocaba la guitarra acústica al lado de un perro marrón muy feo y sucio. Casi tanto como Eric. Sus ojos eran brillosos y conservaban la pureza de la inocente capacidad de sorprenderse ante un simple hombre convencional como yo. Acababa de tocar Like a Rolling Stone y apenas tenÃa unas 10 o 15 monedas de menos de un euro en la gorra. Me senté a su lado. Fumar marihuana mientras oÃa esa vieja guitarra acompañando la voz rasposa de Eric, el inglés que habÃa renunciado a una vida entre Rolls Roice y lujos de una de las familias más poderosas de su paÃs. Empecé a creer de nuevo en que los extremos tienen sentido y que los tibios, como yo, únicamente nos dedicábamos a dejar pasar el tiempo mientras pensamos en lo que vamos a hacer mañana o pasado mañana o el mes que viene. Pero en esos momentos no pensaba en pensar, solo escuchaba. Y fumaba marihuana. Eric de vez en cuando se volvia hacia mà para dar una caladita y regalarme una sonrisa de las suyas. TenÃa mono de esa risa, estaba cansado de risas de hipocresÃa, tanto de recibirlas como de darlas. Flufy, el perro feo, movÃa la cola enloquecidamente mientras me apuntaba con su hocico. Los perros son mucho más listos de lo que pensamos. El sol se estaba poniendo por detrás de la torre de la catedral y el aire corrÃa fresco por mi nariz. Siempre habÃa una piedra, unos zapatos, un envoltorio, un chicle, una hormiga, una hoja de árbol o un agujero en el pavimento donde mirar y perderme mientras sonaban las canciones de Eric, el inglés que renunció a ser noble. A mi derecha estaba su mochila, con unos cuantos libros dentro.
