Encontré a Eric como quien tropieza con una piedra en mitad de la calle Larios. Sin darme cuenta llevaba ya más de diez minutos hablando con un íntimo desconocido. Una de esas perlas que te encuentras de vez en cuando por la vida. Tocaba la guitarra acústica al lado de un perro marrón muy feo y sucio. Casi tanto como Eric. Sus ojos eran brillosos y conservaban la pureza de la inocente capacidad de sorprenderse ante un simple hombre convencional como yo. Acababa de tocar Like a Rolling Stone y apenas tenía unas 10 o 15 monedas de menos de un euro en la gorra. Me senté a su lado. Fumar marihuana mientras oía esa vieja guitarra acompañando la voz rasposa de Eric, el inglés que había renunciado a una vida entre Rolls Roice y lujos de una de las familias más poderosas de su país. Empecé a creer de nuevo en que los extremos tienen sentido y que los tibios, como yo, únicamente nos dedicábamos a dejar pasar el tiempo mientras pensamos en lo que vamos a hacer mañana o pasado mañana o el mes que viene. Pero en esos momentos no pensaba en pensar, solo escuchaba. Y fumaba marihuana. Eric de vez en cuando se volvia hacia mí para dar una caladita y regalarme una sonrisa de las suyas. Tenía mono de esa risa, estaba cansado de risas de hipocresía, tanto de recibirlas como de darlas. Flufy, el perro feo, movía la cola enloquecidamente mientras me apuntaba con su hocico. Los perros son mucho más listos de lo que pensamos. El sol se estaba poniendo por detrás de la torre de la catedral y el aire corría fresco por mi nariz. Siempre había una piedra, unos zapatos, un envoltorio, un chicle, una hormiga, una hoja de árbol o un agujero en el pavimento donde mirar y perderme mientras sonaban las canciones de Eric, el inglés que renunció a ser noble. A mi derecha estaba su mochila, con unos cuantos libros dentro.
